—Sabes… —y dejó caer otra lágrima que golpeó con violencia el mar— hoy tu madre tenía más flores de las que yo le hubiera regalado nunca, de las que nadie le hubiera regalado nunca en vida. Flores preciosas para adornar una situación terrible, flores que al verlas en círculo, amarradas a una corona, por muy bonitas que sean estropean cualquier momento. Flores preciosas que no ha podido ver, ni tocar, ni oler…
Siempre le han encantado las flores —aún hablaba en presente—, pero ya nadie se las regalaba. Siempre se quejaba de eso, ¿sabes?
“Cariño, ¿ por qué ya no me re gal as flores?”—me dijo hace unos días mientras me cogía por detrás, por la cintura.—¿Que ya no me quieres?
Y yo, y yo… Yo al principio sí que se las regalaba: flores, besos, caricias, palabras… los primeros años, cuando aún… pero después la propia vida ha sido la mejor excusa para dejar de hacerlo.
Y ahora, ¿para qué las quiere ahora? ¿Por qué ninguna de esas personas le regaló las flores antes? Cuando aún podía disfrutarlas… ¿Por qué no llegaron un día a casa, llamaron al timbre y la sorprendieron con un ramo de preciosas flores…? ¿Y por qué no lo hice yo…?
Aunque yo al menos soy coherente, ni siquiera se las he regalado hoy.
Y en ese momento miró hacia otro lado, se llevó las manos a los ojos y le dejé llorar en la intimidad de una noche que nos devoraba.
Silencio.
Texto extraído de la novela EL REGALO.